Por vieji | 4 de marzo, 2010
Un museo no tiene por qué ser un lugar serio y aburrido, al menos así lo consideraron unos empleados del Museo de Cera de Madrid.
Un vigilante de cera…
Un día, un vigilante estaba tan quieto que unos visitantes lo confundieron con una figura de cera. Divertido, el vigilante decidió no moverse mientras un compañero suyo, que se había dado cuenta de la situación, comenzó a explicarle a los visitantes que dicha “figura” repartía volantes del museo. Presionó un botón y el vigilante se movió como un robot… pero no pudieron aguantar la risa por mucho tiempo…
Perder el miedo…
Muchos padres llevan a sus niños al museo para que vean obras de arte y para enseñarles cosas de la vida. Al menos era la intención de un padre que, en un recorrido por el Museo de Cera de Madrid, parado frente a la figura del legendario Frankenstein, trataba de enseñarle a su hijo que no había motivo para tenerle miedo. Pero en ese momento algo falló en el mecanismo de la figura de cera y Frankenstein y se le cayó encima al padre… el que salió disparado y no paró de correr hasta alcanzar la calle…
Museo tentador
También hay quienes no se pueden resistir a “probar” lo que ven. Cosa muy comprensible si se trata del Museo del Chocolate -Museu de la xocolata, de Barcelona-.
Parece que en una visita de un grupo de niños de un colegio, uno de ellos no pudo resistir la tentación y le dió una mordida al delantal de una de las Tres Mellizas… y la del medio fue la elegida … Me pregunto: “el zapato, ¿lo habrá probado la profesora que los acompañaba?”
¿Conoces o viviste alguna anécdota de museos que quieras compartir? ¡Cuéntanos!
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